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REFERENCIAS

Síndrome de Stendhal

Marie-Henri Bayle, conocido como Stendhal, Grenoble, 23 enero 1783 - París, 23 de mayo de 1842. Grandísimo escritor francés, perdidamente enamorado de Italia y de Rossini.

El síndrome de Stendhal, cit. Wikipedia: llamado también síndrome de Florencia (ciudad donde se ha manifestado a menudo) es el nombre de una afección psico-somática que genera taquicardia, vahídos, vértigos, confusión y alucinaciones en sujetos que contemplan obras de arte de extraordinaria belleza, en especial si se hallan éstas comprendidas dentro de espacios limitados. La enfermedad, más bien rara, golpea principalmente a personas muy sensibles y forma parte de las llamadas «enfermedades del viajero».

El nombre del síndrome se debe al escritor francés Stendhal, pseudónimo de Marie-Henri Bayle (1783-1842). El propio autor, conmocionado precisamente durante el gran Tour efectuado en 1817, dio del mencionado síndrome una primera descripción, tal y como se lee en su libro «Roma, Nápoles y Florencia»: «Había alcanzado aquel nivel de emoción en que se concitan las sensaciones celestes proporcionadas por las artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce (iglesia florentina), se me aceleró el corazón; la vida se me iba, caminaba temiendo desplomarme».

Cuando el arte, bajo todas sus formas, me hace literalmente perder el seso.

Lecturas

Leo siempre.
Siempre, cuando puedo y cuando debo. Cuando paso el día en casa, el tiempo de la lectura se me presenta a veces: por la mañana, durante las distintas fases del despertar; al comienzo de las actividades dinámicas; comiendo (cuando estoy solo); durante una pausa del trabajo «dinámico»; por la tarde o de noche, antes de dormir. Los viajes (tren, avión) se hicieron para la lectura.

Mis lecturas son muy variadas, pero prevalecen, oso decir que con «pesada insistencia», aquéllas relacionadas con mi trabajo, que me impone auténticos maratones de lectura, horas y horas de lectura, pasando de un libro a otro libro. Soy siempre un apasionado lector y con voracidad vuelvo a leer textos históricos, muchos de los cuales se encuentran en edición original en mi maravillosa biblioteca.

Algunos de ellos son:

  • Francesco Andreini, Las Bravuras del Capitán Spavento («que infunde pavor»), Venecia, MDCVII
  • Flaminio Scala, El Teatro de las Fábulas Representativas, Venecia, MDCXI
  • Angelo Costantini, La Vida de Scaramouche, Lyon, MDCXCV
  • Pier Maria Cecchini, llamado Frittellino, Cartas chistosas y morales, Venecia, MDCXXII
  • Domenico Biancolelli, Nuevo Teatro Italiano, 1711
  • Evaristo Gherardi, El Teatro Italiano, seis tomos, Amsterdam, MDCCXXI
  • Luigi Riccoboni, Historia del Teatro Italiano, París 1727
  • AAVV, Farsas Napolitanas, Nápoles 1848
  • Luigi Rasi, El Arte del Cómico, Palermo 1914
  • Sergio Tofano, El Teatro en la Italia Antigua, Milán 1925

Cuando la lectura es verdadera hambre, me zambullo en mis amadísimos Boccaccio, Cervantes, Manzoni, Stendhal, Chéjov, Víctor Hugo, Verga, García Márquez, Eco (su «Péndulo de Foucault» es una obra maestra, vulgarmente imitada por esa tontería que es «El Código da Vinci»), Camilleri (¡sí, Camilleri! Leed «El cervecero de Preston»). Leídos y releídos, sí... y sin embargo -y pido perdón a los queridísimos autores antes citados-, ninguna obra maestra de la literatura puede sostener la comparación con la novela que por sí sola, para mí, vale tanto como toda la literatura mundial: «El Maestro y Margarita» de Bulgákov. Lo leí por primera vez a los veinte años, de una tacada, en el catre del cuartel, en Palmanova del Friuli: habiendo leído la última, emocionantísima frase, me tomó un virulento éxtasis de «síndrome de Stendhal», madurado a lo largo de toda la lectura: lágrimas de conmoción, a mares, con el libro apretado contra el pecho.

Voy ahora por la vigésimo-primera lectura, con la emoción en crescendo. Es el libro de mi vida. Lo llevo dentro de mí. Siento una profunda y tierna compasión por el Maestro y estoy locamente enamorado de Margarita. El Maestro y Margarita es la hondura hecha libro. Inspirado. Venenoso y sublime, desesperadamente concreto, lúcido y, más exacto que una ciencia exacta, más místico que cualquier libro sacro, dice lo inefable. El odio está tratado con la misma certeza y la misma belleza que el amor. Y una dolorosa, lacerante piedad ennoblece cada página, incluidas aquéllas que, estupenda y grandiosamente frívolas, presentan una incontenible bufonería. ¡Hay tanto teatro en «El Maestro y Margarita» que le parece a uno estar dentro del libro! Es una de las obras de arte más bellas jamás producidas, una belleza tan sólo comparable al talento y a la desesperación que le han dado vida.

La poesía, ¡ay!, la descuido. No puedo leerlo todo y la sacrifico. No obstante una mirada a Dante, a Boiardo, al Ariosto, de vez en cuando, es algo obligado. Y le vienen a uno escalofríos... ¡Ay, el endecasílabo!

Me agrada también releer a los autores antiguos más significativos para mi mundo, aquéllos que siento más próximos: Petronio y Apuleyo.

La Historia me apasiona, sobre todo Roma, las Cruzadas, el Renacimiento, el Risorgimento, la Guerra Civil Americana y, si bien lo encuentre de una insufrible fealdad, el siglo XX. Y es que, en definitiva, toda la Historia es cautivadora. En 1995, o sea dos años antes del «regreso» de Hong Kong a la Gran China, me encontraba en esta ciudad con la Oxford Stage Company, de gira con «Love is a drug», obra establecida a partir de «La Creduta Morta» («La que creyeron muerta») de Flaminio Scala y por mí dirigida. Un actor de Hong Kong que conocí en aquella ocasión, se expresó en estos términos: «Veremos qué ocurre. No sé si será una comedia o una tragedia, pero a buen seguro será un gran espectáculo». Creo que aquel actor sintetizó no sólo el acontecimiento en cuestión, sino el propio sentido de las vicisitudes humanas.

Las ciencias me atraen, pero las temo y me doy por satisfecho extrayendo sencillamente de ellas informaciones que puedan serme de utilidad para mi trabajo y para mi vida cotidiana. Dos disciplinas se hallan bien presentes en mis lecturas y mis estudios: la socio-psicología y la antropología cultural, que tantas cosas me enseñan del teatro, de los personajes, del público, de esa bestia tan humana que es el autor.

Visito con alegría y voluptuosidad las exposiciones. Algunos museos o lugares arqueológicos son para mí destinos de peregrinación, como el Barbier-Mueller en Ginebra o las excavaciones de Pompeya. Intercambiar miradas con las máscaras expuestas en el Barbier-Mueller constituyen auténticas emociones «stendhalianas».

No me pierdo ni un solo catálogo en cada visita. Los hojeo y los vuelvo a hojear innumerables veces, con sagrado respeto. Catálogos como:
Efecto Arcimboldo, Venecia. Palazzo Grassi, 1987
Máscaras, caras de la cultura, Saint Louis Art Museum, publicado por Harry N. Abrams. Inc. Nueva York 1999
Shakespeare en el Arte, Ferrara-Palazzo dei Diamanti, febrero-junio 2003
El Hombre y sus Máscaras, Mueso Barbier-Mueller, Ginebra 2005
De la escuela al cuadro. La magia del teatro en la pintura del siglo XIX, Rovereto, Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, febrero-mayo 2010
son excelentes instrumentos de conocimiento, amén de objetos bellísimos.

Leo montones de ensayos teatrales. En cuanto a los textos teatrales, se trata de mi obligación.

Películas

«Scaramouche» con Stewart Granger; «The Golden Coach» («La carroza de oro») de Renoir y con Anna Magnani; «I Clown» («Los payasos») de Fellini; «El viaje del Capitán Estrépito» de Ettore Scola; «Carrusel Napolitano»; todas las películas de Jacques Tati; los grandes cómicos anglo-americanos como Charlot, el Gordo y el Flaco, los Hermanos Marx, Jerry Lewis; los grandes cómicos italianos como Totò, los de Filippo, Macario, Govi, Sordi... una cinematografía muy variada pero siempre próxima al teatro, por los temas o por la elaboración de los personajes, tan emparentados con las «máscaras» teatrales.

«Stendhalianamente», y alejadas de metáforas teatrales, dos películas me conmueven violentamente: «8 y medio» de Fellini, que desde las primeras imágenes prepara, en constante crescendo, la explosión de belleza de toda la parte final, desde el descenso de la escalera por parte de los personajes, luego la pasarela, luego la pequeña banda de los payasos, hasta las últimas notas de la flauta (qué grande Nino Rota, inigualable). Me enajena esta película; me enajena ese extraordinario final. La otra película es «Alguien voló sobre el nido de cuco» de Milos Forman: qué secuencia final, qué grande de veras: «Jefe» que destroza la cristalera y corre, en la noche, en la naturaleza, libre... aquella música tan sensible, sencilla, profunda, que nace de un alma bella y penetra las nuestras. Y además... la secuencia final de «La Strada» («La calle») de Fellini, Charlot que recoge a su cachorro «Chiquilín» en «El chico», la muerte del profesor en «El Ángel Azul», la bofetada de Sordi a su director en «Una vida difícil», el grito de victoria del niño en «La vida es bella»... Marie-Henri Bayle, Stendhal, no sobreviviría a tanto.

Desgraciadamente las tentativas de llevar al cine una versión convincente de «El Maestro y Margarita» se han revelado auténticos fiascos. Estoy convencido de que no debiera ni siquiera intentarse.

Audiciones

Me gusta la música desde los orígenes hasta la primera mitad del siglo XX. Gracias al cine, que es capaz todavía de producir música de calidad, gracias al retorno a las culturas étnicas auténticas y gracias al jazz clásico que todavía se puede escuchar en lugares sagrados, alcanzo a relacionarme con la música de estos tiempos. La música de masas y consumo que se produce hay en día, a mí, no me gusta.

Me agrada el siglo XVIII por la música sacra; por los intermedios, la Escuela Napolitana. Me encanta el siglo XIX. Toda la era romántica ha dado, a mi entender, las más altas cumbres alcanzadas por la música.

Escucho mucho, por razones de trabajo -lo cual constituye un inmenso placer-, la Ópera Madrigalesca: Orazio Vecchi, Amfiparnaso, Adriano Banchieri, Pazzia senile y Saviezza Giovenile, el Recitar Cantando de Emilio de´ Cavalieri, la Representación de Ánima y Cuerpo. Intermedios y «Operine» como «La Serva Padrone» («La criada ama») y «Lurietta y Tracollo» de Pergolesi, el «Pulcinella Vengado» de Paisiello, óperas como «Las máscaras» de Mascagno, «Ariadna en Naxos» de Strauss, el «Campielli», «Los cuatro Rusteghi» de Wolf-Ferrari y, escalofrío tras escalofrío, el gran Leoncavallo con su «Pagliacci».

También escucho las canciones napolitanas clásicas. Las vilanelas, la «Nápoles Aragonesa» tal y como la propone Micrologus. La «Paranza del Geco» es un excelente grupo étnico-meridional.

Imago Comoediae

Grabados-estampas: Callot y Gillot, dos grandes artistas franceses del siglo XVII (comienzos y finales), que han representado como nadie la Commedia.

Giandomencio Tiepolo. Los frescos «Correr» con Polichinela; Las diversiones para los jóvenes; un Triunfo de Polichinela.

Los frescos de Burg Trausniz, de Alessandro Scalz; la Narrentreppe ilustrando la Cortesana Enamorada, de Massimo Troiano, Orlando di Lasso y demás. Los frescos de máscaras italianas y tipos de Bohemia en el castillo de Cesky Krumlov en Bohemia.

Detengámonos aquí. Cuanto se ha citado son tan sólo unas gotas en el mar del arte, es más, del Arte, verdadero, grande, bello, eterno.

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